lunes, 7 de octubre de 2013

Ocho semanas


5:30 am

El despertador me arranca de un sueño tan profundo cómo placentero.

Me siento en el borde de la cama y, por un instante, vienen a mi mente imágenes de un astronauta despertando de la hibernación a la que ha sido inducido para realizar un viaje allende las estrellas. Imagino lo que debe sentir en ese momento. Dolorido y entumecido, parece que la musculatura no quiera reaccionar.

Me visto y salgo de casa a hurtadillas, sin hacer ruido. No debo despertar a nadie.

5:45 am

Todo está desierto. Apenas si circulan vehículos por unas calles que, en poco más de dos horas, estarán atiborradas de nerviosos y estresados dirigiéndose a sus lugares de trabajo.

Pero ahora reina la paz. Castelldefels duerme.

No es mi caso. Tengo por delante ocho semanas para preparar el que será mi segundo maratón de asfalto.

Serán semanas duras. De grandes esfuerzos y sacrificios, dónde mi yo más voluntarioso tendrá que pasar por encima de mis otros yo vagos, cansados y poco predispuestos a sacrificarse en pos de algo tan rematadamente loco cómo correr 42 kilómetros.

Pero aquí estoy yo, evadiendo la cabeza a base de pensamientos positivos, mientras el ritmo de mis pisadas al correr me arrastran a un estado de semi trance.

Solo.

De noche.

Lo peor es la falta de compañía. Hacer esto sin el calor del grupo, las palmaditas en la espalda y los abrazos al encontrarnos, los ánimos y los piques sanos mientras entrenamos, la charla y las excusas baratas del bajo rendimiento de algunos durante los estiramientos... Es lo que peor llevo.

Pero debe ser así. O lo hago de esta manera, a estas horas, o no lo haré.

Y, cómo tan sabiamente dice mi amigo Ricard, un paso atrás ni para coger carrerilla.

Ocho semanas. 8 de Diciembre de 2013.

Castellón me espera.

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