lunes, 15 de abril de 2013

Larga vida al par



Es una cuestión de principios. De ética incluso. Me gusta darle una muerte digna a las zapatillas con las que corro.

Pensándolo fríamente y aplicando algo de humanidad al asunto, creo que se lo merecen.

Aquellas Adidas con las que bajé por primera vez de los 45' en un 10k. O aquellas otras con las que corrí mi primer Marathon. O esas New Balance tan ligeras con las que compito y que me hacen volar... Todas y cada una de ellas tienen una historia que contar, momentos dulces vividos, horas de sufrimiento y en muchas, muchísimas ocasiones son lo único imprescindible para salir a hacer esta locura que me llena. Porque seamos sinceros, todos nosotros en un momento dado podríamos salir a correr con una camiseta de algodón de publicidad y un pantalón de chandal cortado si no tenemos otra cosa, ¿pero cuantos nos atrevemos a salir con lo primero que pillemos para ponernos en los pies? Así de imprescindibles son. Sin duda la parte más importante de nuestra equipación.

Por esta razón me cuesta desprenderme del calzado que ya tiene demasiados kilómetros. Siempre les encuentro una utilidad.

Este post de hoy es la excusa perfecta para dedicarle una ovación a mis Adidas Boston. Ocupan un lugar destacado en mi armario y mis recuerdos desde hace mas de 10 años. Llegaron a mi desde el cajón de las ofertas de un hipermercado deportivo y no encuentro el momento de tirarlas... Ni motivo para hacerlo.

Están destrozadas, llenas de agujeros, con la suela lisa y sin embargo siguen siendo tan cómodas como el primer día que me las puse. Las utilizo para trabajar un par o tres de veces al año en un terrenito familiar.

Y seguiré haciéndolo hasta que resulte imposible ponérselas.

Larga vida al par!

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